sábado, 15 de diciembre de 2007

El. Ca 4

Ensue~o real

De tal manera te deseaba, pensaba tanto en ti que hasta despierto soñaba contigo. Esos sueños se fueron haciendo cada vez más reales; escuchar tu voz, verte andar, tu sonrisa, el brillo de tus ojos: cualquier detalle tuyo era suficiente para que cerrara los sentidos a la realidad y soñara que venias a mí, a refugiarte en mis brazos.

Un día pensé que para realizar un sueño antes hay que despertar. Así que, en vez de esperarte, salí a tu encuentro, y, paso a paso, me fui acercando a ti.

A medida que despertaba del letargo en que me había sumido la visión de tus encantos, descubría que, en la realidad palpable y cercana, eres más, mucho más de cuanto había podido imaginar.

“Despertemos y vivamos a tope esta realidad”, me dije otro día mientras tomaba tu mano. Más, cuando creí haber despertado, estar contigo, hablarte y verte tal cual eres, una explosión, un fogonazo súbito me cegó transportándome a este mundo de ensueño, mezcla de realidad y fantasía, en cuyo encanto estoy cada vez más sumergido sin poder ni querer salir.

¡Cómo quisiera ahora poder describir con palabras este cielo al que me has transportado, con los ojos abiertos, deslumbrado, flotando entre las nubes de un sueño tan real como la pasión que lo envuelve!

La tarde era joven aún. El sol se negaba a salir. Hacia frío. El monte se hacía cada vez más espeso. A nuestros pies, el mundo se hacia por momentos más pequeño. Despertaban nuestros sentidos, mientras la razón dormitaba. El cielo gris, el silencio y la soledad del campo se hicieron nuestros cómplices.

En torno nuestro aleteaba el deseo agitando nuestros corazones que, como dos potros salvajes, templados los nervios, al viento las crines y resoplando con fuerza, cabalgaban briosos estremeciendo nuestros cuerpos.
Nuestras manos tímidamente se buscaban. Tu cuerpo y el mío se atraían como imantados. Tu, mejilla junto a la mía. Mi respiración en tu piel.

Mi gran sueño se hacía realidad y la realidad me parecía un hermoso sueño. Nos abrazamos y las palabras se ahogaron en el torrente de sangre que en nuestras venas corría devastador. Mi timidez y la tuya, al calor de nuestra piel, se quemaron, y el viento se llevó sus cenizas. Mi boca buscó la tuya, y ambos buscamos un lugar apartado donde poder amarnos. Escondidos, nuestros cuerpos rodaron sobre las hojas secas. Entrelazados, nos fundimos como el mar y la arena, como la noche y el día, como un hombre y una mujer que se desean con desesperación.

“Esto debe ser un sueño”, dijiste, y el sabor a menta de tus labios me decía que estábamos despiertos. Mis sentidos descubrían que eres más, mucho más de cuanto había imaginado.

“Es tarde, -decías- debemos irnos”; mas, envuelto en tu pelo, no sentía pasar el tiempo. Debíamos regresar, separarnos, romper el hechizo y bajar de aquel monte de ensueño.

Aun Permanecimos un rato más abrazadas, acariciándonos, sin decir nada. En mi interior escuchaba una canción triste de despedida:

“Abrázame,
y no me digas nada,
sólo abrázame.
No quiero que te vayas,
pero sé muy bien
que tú te irás... “

Bajábamos de nuestro paraíso, cuando, como pensando en voz alta, dijiste: “después de esto, no sé si podré dormir esta noche”. Y me sonreí, sin saber que yo, a esta hora de la madrugada estaría pensando en ti, tratando de entender si ésto ha sido o no un sueño, y escribiendo a tu memoria estas letras.

Pronto amanecerá, hace frío, y me siento tan solo sin ti. Y tú, ¿dónde estarás? Cómo quisiera tenerte aquí a mi lado, calentarnos al fuego de este deseo que no me deja dormir y soñar juntos que lo nuestro es una realidad, la más hermosa realidad.

Donde quiera que estés, despierta o dormida: te quiero.