sábado, 15 de diciembre de 2007

El. Ca 2

LA ESPERA

Dijiste que vendrías, que en este momento estarías conmigo; y yo que creí que deseabas tanto como yo este encuentro, sin embargo tardas en llegar y yo no soporto la espera.

Mientras espero, ensayo en la mente mil formas de saludarte, de impresionarte con alguna palabra ingeniosa, con alguna caricia inesperada.

Cuando llegues, aparecerás radiante ante mí, me levantaré, caminaré hacia ti mirándote fijamente a los ojos, tomaré tus manos, contemplaré un instante tu figura, luego te atraeré hacia mi pecho, y así permaneceremos abrazados hasta que uno de los dos reaccione y se dé cuenta de que no estamos solos. Cuando llegues, vendrás de prisa, apenada por la tardanza. Yo disimularé la impaciencia y haré como que no te he visto venir. Llegarás hasta donde estoy, yo fingiré que leo algo, aguardarás un instante de pie antes de hacer notar tu presencia con una discreta tosecita. Alzaré, distraído, la mirada, haré como que me sorprendo al verte y, movido por la emoción de tu llegada súbita, tomaré tu cara entre mis manos y, sin reparar en lo que hago, te besaré en la boca, aunque después, avergonzado, te pida disculpas por el acto involuntario.

Justo cuando he comenzado a imaginar un modo más atrevido e ingenioso de saludarte, llegas y me extiendes una mano fría e inexpresiva; llegas tarde y tu rostro refleja una desidia que parece asco; tu mirada ausente dice que realmente no has acudido a la cita.

A veces creo que desearte entera es mejor que tenerte a medias.